El arte de la vida espiritual 1966 El genio de la alfombra mágica


Camino hacia el primer encuentro

Era un viernes, el último día de la semana laboral, a principios de septiembre. Realizaba mi trabajo de verano como secretaria de oficina para pagar mis gastos universitarios del próximo semestre.

La hora de almuerzo casi había terminado, mientras pasaba corriendo por la Biblioteca Pública” The New York” en la 5ta Avenida y la calle 42, en la que quede envuelta por una gran multitud que pululaba en toda la metrópoli. Las jóvenes secretarias con tacones altos se reían juntas mientras paseaban, hombres de negocios sombríos con telas a rayas caminaban con determinación, mientras sus maletines de cuero se balanceaban a los lados, una joven pareja discutía vehementemente mientras caminaban, el semáforo en rojo indicaba a los adolescentes meterse ingeniosamente a través de la concurrida y estrecha intersección de autos y camiones que estaban a punto de arrancar, pero nadie se detuvo a mirar a la anciana que murmuraba para sí misma, esta era la vida diaria de la gran ciudad.

Este día en particular me molestó inmensamente. Ya me había estado sintiendo muy insatisfecha durante varias semanas, sin saber por qué, y estaba tratando de ignorar, el vago pero penetrante hatillo de  preguntas que entraban y salían de mi mente, que al final estallaron: “¿A dónde vamos todos ? ¿ De dónde venimos realmente? ¿Qué significa todo esto? ¿ Cuál es el objetivo verdadero?”. 

Unos días más tarde estaba sentada en casa de mis padres en el Bronx, hojeando las páginas de una revista llamada “ Vida”. Las fotos de alguna manera ya no parecían de personas vivas, sino de clones o robots que luchaban con un sentido del mundo fútil y falso, miré hacia mi madre y le pregunté: “¿Tengo que llegar a ser como estos adultos? Tengo que vestirme bien y usar lápiz labial, ir a trabajar y luego, después de todo lo dicho y hecho, morir, ¿eso es todo?”

“Por supuesto que no, querida”, respondió mi madre con calma, sin siquiera verse un poco distraída de su programa de televisión.

Me sentí como una inadaptada. Salieron a la superficie preguntas tales como “¿Estaba viva antes de entrar en el vientre de mi madre? ¿recién tengo una forma  o ya tenía una identidad antes de nacer?. Pensamientos como estos me atormentaron durante todo el día siguiente e incrementaban cuando iba a casa a relajarme y ver la televisión. Una vez vi un panel de discusión entre un grupo de psicólogos, antropólogos, clérigos y profesores de filosofía sobre el tema de la muerte y el morir, pero quedé consternada cuando admitieron, directa o indirectamente, que no tenían idea clara de lo que sucede después de la muerte. Más tarde esa noche, le pregunté a mi madre: “Mamá,si no hubiera nacido de ti, ¿existiría todavía?

“Bueno… eh, no lo sé”, tartamudeó. “Supongo que sí.” Supuse que ella no tenía respuestas y que pocas personas la tienen. Luego pensé: “¿Dónde puedo encontrar las respuestas a estas preguntas?”.

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A mediados de septiembre terminé mi trabajo de verano, tenía diecinueve años y recién estaba comenzando mi segundo año en la Universidad de la ciudad de Nueva York. Planeaba especializarme en arte e historia, como muchos de mis compañeros de estudios y amigos, tenía conciencia política, hasta cierto punto. Quería cambiar el mundo y redefinir las realidades políticas y sociales del momento. Soñaba con un mundo libre de opresión, así que me uní a un grupo político de izquierda e hice piquetes contra la guerra de Vietnam.

Aunque yo era parte de la cultura juvenil de la década de los sesentas, también me sentí ajena a ella. Era como si estuviese viendo un programa de televisión en el cual yo  interpretaba a un personaje ficticio por ser parte de. En cierto sentido, era como si yo no estuviera realmente allí. Sin embargo, me tomaba ciertas cosas muy en serio. 

Mis amigos y yo nos esforzamos por llegar a una especie de realidad utópica mediante el uso de drogas que expanden la mente como el LSD y la marihuana; esperábamos que esto de alguna manera cambiaría el mundo. Mi objetivo era lograr un sentido de unidad con el universo, aunque cada viaje de LSD terminaba en depresión.

Si experimenté algunos momentos hermosos, como cuando el mundo apareció asombrosamente colorido y profundo, con visiones  cambiantes que parecían indicar una realidad superior. Comencé a creer que estas percepciones nuevas, animadas e imaginarias del mundo eran una verdad última en sí mismas y que yo era la orquestadora de esa realidad. Llegué a creer que no era mi cuerpo, sino  algún tipo de “Eso omnipresente”, el supremo creador y controlador de todo lo que me rodeaba.

Alterné entre ser Dios todopoderoso y un niña deprimida del Bronx. Tenía algunas vestimentas en mi armario que pensé me ayudaría a parecerme más a Dios, y los usé en ocasiones apropiadas. Mi favorito era un vestido beige largo estilo años 20 y una capa negra, y también me gustaba usar mis jeans gastados con un jersey de cuello tortuga verde oliva o granate – estos eran colores y estilos considerados ‘trascendentales’ por mis compañeros.

Tal fue el curso de mi vida, hasta que un jueves por la tarde a mediados de octubre, con la intención de comprar una gran cantidad de LSD, saqué unos cuantos cien dólares ahorrados de mi trabajo de verano y vender la mayor parte del ácido para tener ganancias, y quedarme con algo para mi propio uso. La vez anterior que hice esto fui engañada, termine con simples terrones de azúcar en lugar de LSD. Entonces para recuperar mi pérdida, quería jugar una artimaña similar con mis propios clientes y como no deseaba que eso me volviese a suceder, me aseguré que este nuevo distribuidor fuera “el verdadero”. Lo conocí en una fiesta y parecía honesto. Quedé en encontrarme con él fuera de un apartamento en la planta baja. Cuando llegué me dijo que no quería llamar la atención y que le pasara el dinero y le espere afuera mientras él subía a buscar el LSD. Esperé por horas, hasta que finalmente alguien en un departamento vecino me dijo que había visto a ese hombre bajando por la escalera de incendios trasera.

¡Estaba devastada! Todo mi cheque de pago de verano se esfumó; mis dos meses completos en un trabajo que odiaba ¡lo perdí! ¡ había perdido mi dinero! Estaba siendo quemada viva en el fuego de mi ira hacia un hombre que ni siquiera conocía, y ciertamente no podía ir a la policía. “¿Hay alguien que pueda ayudarme?” Grité en un susurro. Mi súplica parecía reflejar una mayor urgencia: mi vida no se estaba convirtiendo en el ideal utópico que había esperado. Compré un nuevo par de botas  hasta la rodilla de cuero negro para animarme, pero no ayudó.

Unos días después decidí visitar a mi novio, que vivía en East Village. Aborde el Tren IRT e hice el viaje una vez más al centro. En mi camino, recordé el fracaso de mi plan sobre la compra de droga y en general mi vida: “Si soy omnisciente, ¿por qué caigo tan fácilmente en todo?”. Sacudida de un lado a otro en el asiento del metro, miré mi propio reflejo en la ventana sucia, como tratando, por así decirlo, de ver mi alma en el espejo. Todo fue oscureciendo a medida que el tren entró en un túnel, a lo largo de las rieles oscuras, en silencio grité: “¿Quién soy realmente? Si yo soy la causa de todo, si en cierto sentido soy Dios, ¿por qué no puedo controlar algo? ¿Por qué no puedo mentalmente transportarme a donde quiero ir, en lugar de tomar este repugnante tren?.

Saliendo del metro, caminé hasta la calle 9, en dirección al Parque Tompkins Square, que se extendía por varias cuadras, era la pieza central del barrio ecléctico en medio del East Village. Este era un famoso lugar de recreación y mi patio personal de estudios, para hippies e intelectuales de la contracultura – para fumar marihuana, discutir política de izquierda, tocar música,y llegar a conocerse. Era un lugar donde yo también había pasado muchas tardes buscando felicidad.

En esta ocasión en particular, no tenía intención de socializar con nadie, mi depresión me pesaba tanto que me apresuré en el parque, ansiosa por llegar a casa de mi novio. Escuché las guitarras vibrando, los tambores bongó tocando sus ritmos africanos, y los transistores con las canciones de las famosas bandas de rock de mediados de los sesenta: Rolling Stones,los Beatles, Simon y Garfunkel, Jefferson Airplane, Bob Dylan y Joan Baez entre otros. Solía refugiarme en este conglomerado de sonidos, pero ese día solo quería paz en mi propia mente. De repente, un sonido muy diferente llamó mi atención. Era suave e hipnótico; exótico en cierto sentido y, sin embargo, inquietantemente familiar. Algo enterrado muy dentro de mí respondió: “Ese viejo sonido está surgiendo otra vez.” No tenía idea de lo que quería decir.

Tenía que encontrar la fuente de esa música. No fue difícil porque en medio del parque, una  multitud se había formado alrededor de algún espectáculo para escuchar: eran ancianos europeos vestidos con trajes anticuados y mujeres también europeas con pañuelos elegantes y suéteres gruesos, muchedumbre de niños estadounidenses y puertorriqueños, perros callejeros; todos parecían concentrados en ese sonido que me hacía un llamado interno y me conducía en esa en dirección sin saber de que lo que estaba a punto de ver y escuchar cambiaría mi vida para siempre.

A primera vista

Me abrí paso en el conglomerado de gente para tener una mejor vista de lo que ocurría, y entonces lo vi. Él vestía con túnicas de color melocotón pálido, tocaba un bongo, y cantaba algo  que sonaba como un himno antiguo. Se sentó con las piernas cruzadas sobre una alfombra oriental bajo un enorme roble. Sus ojos estaban cerrados, y su comportamiento era pacífico pero intenso. Él estaba completamente absorto en su canto, como si experimentara una realidad diferente. Él apareció sin edad, ni tiempo y, sin embargo, justo ahí en medio de nosotros, en completo contraste con la gente reunida alrededor de él, parecía una joya refulgente. Aquí, tal vez, estaba la persona que sabía las respuestas a mis preguntas más profundas.

Le rodeaban de cuatro a cinco filas de hippies y refugiados europeos, cantaban y bailaban y un grupo más interno de quince jóvenes hombres estadounidenses, lucían como sus seguidores. Uno de ellos vestía túnicas indias, muy parecidas a las suyas, y los demás vestían ropa de calle occidental. Todos bailaban descalzos en un pequeño círculo en la alfombra oriental. Algunos tocaban címbalos con los dedos, y otros campanas o panderetas, se escuchaba el zumbido rítmico de una tambura, combinado con los tonos profundos de un órgano bombeado a mano, lo que creaba un sonido reminiscente, primitivo como si viniese de un tiempo lejano y olvidado.

 Fue como si una voz me llamara desde lo más profundo de mi alma, de maneras nuevas y refrescantes pero al mismo tiempo antiguas. Estaba hipnotizada. Su líder, el que inicialmente había capturado mi ojos, se veía tan místico que solo podía compararlo con lo que yo pensaba que era la India antigua: un genio volando sobre una alfombra mágica. Lo imaginaba como si viniera de otro planeta, escuché atentamente su misterioso canto que llenaba el aire:

Hare Kṛṣṇa, Hare Kṛṣṇa,
Kṛṣṇa Kṛṣṇa, Hare Hare,
Hare Rāma, Hare Rāma,
Rāma Rāma, Hare Hare

Cuando llegó a su fin, esa figura central, como un Buda se puso de pie. No era alto en términos de estatura, un poco más de 1.50 mts. quizás, pero su aplomo, compostura y comportamiento exudaban autoridad y dignidad. Al mismo tiempo, era completamente modesto y humilde ante la multitud,con sus manos dobladas como un estudiante de pie en su escritorio, la amabilidad emanando de sus ojos, agradeció por nuestra participación. Explicó que el canto del mantra Hare Kṛṣṇa venía de lo más profundo del alma y que por eso no hacía falta entender su lenguaje, que era universal y que todas las nacionalidades podrían beneficiarse por igual.

No podía imaginar las profundidades del alma, pero la voz de esa persona santa era tan sonora y autoritaria que parecía venir de allí. “No tiene ningún costo”, continuó. “Nadie te cobrará impuestos por cantar o prohibirte de hacerlo. No hay pérdida, y la ganancia es sublime.” Terminó su breve discurso diciendo que cantar Hare Kṛṣṇa nos haría felices, incondicionalmente. Luego, uno de sus seguidores repartió volantes a los de la multitud. 

Reconocí las palabras como un despegue en LSD, el decreto del gurú Timothy Leary para sintonizar con la necesidad de otra realidad a través del LSD, enciéndelo, y abandona la sociedad mayoritaria, pero este volante era más prometedor.

Unos minutos más tarde, los cantantes empacaron sus tambores y címbalos, enrollaron la alfombra, y comenzaron a salir del parque. Quería seguirlos, pero las multitudes bloquearon mi vista y no vi cual salida tomaron.

Continuará….

PD1: Siguiendo la metodología de Srila Gurudeva, Srila Bhaktivedanta Narayana Maharaja:
” Todo comentario, sugerencia y queja sobre el texto, por favor enviarlo al correo electrónico: navitadasi@gmail.com. Para añadirlos en la siguiente edición”

PD2: El texto que se comparte en estos artículos no son la edición final. Si te gustaria participar en la traducción y edición del libro de Syamarani didi contactame

Traducción y edición al español: Navalatika dasi

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